La muerte no tendrá dominio


 

Qué duela la poesía hasta el éxtasis. La poesía ofende con su carga de verdades; la poesía instiga el cuerpo de cosmos que traemos dentro; la poesía debe doler, así le arrebatamos al dolor su carga poética para emprender cada noche el homenaje a la vida.

José Antonio Reyes Matamoros

 

La palabra viene desde dentro, muy dentro del inframundo, de la memoria profunda de la vida, desde la misma entraña de la poesía echa corazón ardiente, corazón que da Luz, que da en pleamar el navío contra el olvido, para que navegue aquí y ahora, Mirtha entre nosotros, con estos versos lleno de Nadia que surcan el oleaje de este poemario que nos ofrece como reivindicación de la vida: la muerte no es todavía una fiesta.

 

La memoria desde la palabra poética de Mirta Luz, no es complaciente, es un amor lleno de justicia, que trasgrede a quienes pretenden sepultar la vida en el olvido; esta vida que se convierte en un canto que exige desde la absoluta soledad y desde las alturas una ilimitada pasión. La palabra en alto que crece como un fuego potente quebrando la indiferencia, para recordarnos el país que nos duele con nombre y apellido.

 

La memoria poética es el espíritu que convoca a las mujeres y hombres, a juntar sus voces en un solo sonido en contra del olvido, elemento para el canto y la danza; con ello abrazar como un árbol brinda su sombra, remanso para continuar el camino de exigencia de la verdad ante la sedienta furia por las injusticias; la memoria camina entre subterráneos caminos de las verdades poéticas que habitan en el libro de Mirta Luz, hecho de una herida abierta, cobijada en el amor.

 

“Era verano
el sol caía verticalmente sobre nuestras cabezas
era verano
sin embargo el invierno en nuestras vidas comenzaba
tú una semilla que dormía serena
una manta de nieve te envolvía
Démeter había abierto sus brazos para recibirte
tus hermanos te pusieron cuidadosamente en sus manos”

 

Duele la memoria, ofende el olvido, da rabia la insolencia de impunidad; tres años de vacío que cae en el crudo transcurrir de los días grises que de tiempo en tiempo hieren a la vida, y perforan la existencia.

 

No obstante la necedad de la presencia, evoca el recuerdo permanente en el frenesí de la dignidad, una lucha constante contra quienes pretende darle vuelta a la página manchada de sangre, la constancia de justicia y castigo a los perpetradores. Escoria humana que han provocado esta guerra; este sistema de guerra y muerte. Por lo que a través de quienes no olvidan la voz de la memoria de las víctimas y sobrevivientes les gritan, les persiguen en cada calle, frente al espejo, en las avenidas, en los muros, a cada hora y segundo de su estancia en este mundo.

 

“Mariposate en mi corazón
Vertí el polvo cósmico de tus alas
para curar la herida
mariposa silmultánea
mariposate en la ventana de mi casa”

 

Mirta con cada verso transgrede el vacío, a través de una conciencia punzante de la palabra donde la memoria edifica con sus elementos de verdad, fragmentos de reminiscencia que reconstruye el tiempo en su realidad permanente, en todas sus formas y modos corporales que prefiguran cada acto poético en el arrebato pétreo de la muerte, para saltar a la vida. Es ahí el poemario de Mirta Luz que late, palpita en cada signo y en cada verso que toca el alma, infunde un tiempo onírico lleno de furia que hace de Nadia Vera el centro de la historia substancial sobre la tierra, espejo en el cual nos reflejamos con todo los duelos que trae consigo.

 

Duele la memoria, es una constante herida y a la vez un necio canto, que hace camino contra el olvido, armonía que nos une en un nosotros para la justicia, en nosotras para la dignidad.

 

Ante este tiempo siempre obscuro, ante este país vestido de luto. ¿Vemos en esa calle, en la avenida, las siluetas de las personas desaparecidas? ¿Vemos en la montaña, en el camino, en la ciudad las huellas de las mujeres asesinadas? Desde la comunidad se asigna la existencia, la memoria se impone contra el terror del olvido, ante la autoritaria amnesia generalizada, las calles están marcadas de Mile Virginia Martín, las aceras gritan el nombre de Yesenia Quiroz Alfaro, en cada muro esta Olivia Alejandra Negrete Avilés, en la puesta de sol Rubén Espinosa Becerril mirando el horizonte y en las montañas de Chiapas se reclama la frescura y la fuerza siempre digna de Nadia Domique Vera Pérez.

 

Los familiares trabajan sin descanso con una pasión inconmensurable donde no existe el cansancio, hasta que la Justicia y la Verdad vengan completas. Es por ello que la muerte no es todavía una fiesta, siendo que se puede leer este canto que viene del inframundo para Nadia Vera, como un homenaje para todas y todos las mujeres y hombres que desde el amor y la memoria de este país, exigen otro sistema, donde recuperemos a nuestros desaparecidos y a nuestro muertos los dignifiquemos como se debe.

 

Entrando al alba llevamos la conciencia del tiempo necesario para recordar el amor, las vidas ahí truncadas como incógnita suspendida en el cosmos. Ahí el verso de la poeta Mirta Luz, ahí el ritmo más puro, la estancia armónica entre la vida y la muerte, fiel a la humanidad donde duela la poesía hasta el éxtasis, hasta sentirnos completamente vivos.

 

Pedro Faro
Jobel, Chiapas, México
24 de julio de 2018

 

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¿De porqué escribí la muerte no es todavía una fiesta?

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